Ojalá el vallenato nos volviera a contar historias, ojalá sus letras volvieran a los orígenes, ojalá las escribieran a la brisa del mar o la sombra de los ríos del Caribe.

Por @PadrinoGACM

@padrinogacmEl vallenato es un ritmo que genera discordias. La mayoría de colombianos lo conoce e ignorar su importancia histórica en nuestra cultura sería una infamia. No sé exactamente cómo nació, solo vi apartes de un documental que afirma que a finales del siglo XIX un barco con acordeones que tenía como destino final Argentina se varó en las bahías del Caribe y esos acordeones llegaron para quedarse. Eso, sumado a las raíces negras, creó un ritmo eterno. Para mí, y como lo dijo Carlos Vives en algún momento, es nuestro rock.

Nació en las entrañas de la pobreza del Caribe. No hubo maestros, no hubo escuelas y se volvió un medio de comunicación. Los grandes juglares contaban sus historias a través de versos combinados con el particular sonido del acordeón. De ahí en adelante creció como una ola sin control. Tanto creció que el Gobierno decidió empezar a exaltarlo en un Festival, que año a año se realiza en Valledupar y aporta a la economía de la ciudad.

Después de esta pequeña reseña histórica, debo decir que mi relación con el vallenato no empezó bien. Mi Papá es un costeño que obviamente gusta del vallenato. Luego de trabajar en una empresa de cocinas, con mucho esfuerzo compró su equipo de sonido marca Sony y empezó a hacer una colección envidiable de su artista favorito: Diomedes Díaz.

A mí no me gustaba. Sentía que era vacío, insulso, un montón de versos adornados que no despertaban nada en mí. No sabría decir por qué lo detesté tanto en su momento, pero así era. Tal vez la influencia de la idea sobre que todos los ‘Caribes’ son perezosos, tranquilos y muy fiesteros me hacía pensar de otra manera. Estaba invadido por los prejuicios.

A medida que yo iba creciendo, la colección de Diomedes Díaz se hacía más grande en mi casa e, inevitablemente, yo me iba acercado mucho más al vallenato. Pasaron años hasta que lo aceptara totalmente en mi vida, pues cuando estaba en el colegio mi mente prefería conocer del heavy metal.

Pero en la universidad todo cambió. Conocer gente de otras regiones, abrir la mente, entrar de a ‘canastas de cerveza’ en las cantinas fortaleció mi relación con el vallenato, especialmente con la música de Diomedes Díaz. Su vida musical es admirable. Conocí de a poco todas sus canciones. Siempre he creído que tiene una canción para todo; despecho, conquista, amistad y hasta al deporte colombiano le cantó. Después conocí a los grandes clásicos: Los hermanos Durán como Alejo y Naffer, Los Zuleta, El Binomio de Oro con Rafael Orozco, Jorge Oñate, Juancho Polo Valencia, entre otros.

Los clásicos cuentan historias, nos sumergen en situaciones y nos hacen sentir. Por eso, actualmente el vallenato clásico es indestronable. Si quieren comprobarlo, escuchen Alicia Dorada en la voz de Alejo Durán y podrán sentir la tristeza de un hombre que no lloró y decidió cantar sus penas.

Ojalá el vallenato nos volviera a contar historias, ojalá sus letras volvieran a los orígenes, ojalá las escribieran a la brisa del mar o la sombra de los ríos del Caribe. Hoy crecen en oficinas y se venden como éxitos pero nunca se quedan porque no son historias, son momentos, y para mí esa es la gran diferencia del vallenato actual con el clásico.

No niego que Peter Manjarrez, Martín Elías y Silvestre Dangond le dieron un oxígeno importante, pues el vallenato estaba sumido muchos años en un ritmo triste y ellos le devolvieron parte de la alegría. Pero como con el rock, mis amigos, prefiero los clásicos, escuchar a los grandes cantores que hicieron grande al vallenato es para mí un placer que se siente mejor con un whisky.

¡Larga vida a nuestro vallenato!

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