Y tal vez eso nos falta: Ser más curiosos, preguntar, tratar de entender y luego de todo eso, tomar una decisión; asumir un gusto o dejar vivir en paz a quien disfrute algo que uno ve insípido. Pero como todo, Colombia inicia al revés.

 

Por: @PadrinoGacm

 

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@PadrinoGACM

El poder de la imaginación es indestructible. Tal vez es lo único que nos queda ante las adversidades. Una lucha constante entre imaginación y realidad. Solo el tiempo dirá si las capacidades de hacer realidad una situación miden la fuerza de un espíritu convencido.

Lo digo porque ya llevo algo algunos meses desde mi regreso a Colombia y cada día estoy más convencido de que para abrirse al mundo, hay que llenar el pasaporte de sellos. Eso sí, soy colombiano y aquí moriré. Pero negar conocer el mundo teniendo la oportunidad sería un pecado.

Ejemplo sencillo: en toda mi vida jamás había conocido un bar gay, tampoco había asistido a una rumba de ese estilo. Antes de viajar consulté algunos datos de la ciudad y se destacaba la tolerancia a la comunidad LGBT en Manchester, Inglaterra.

Vamos a ponerlo en este contexto: El Gay Village de Manchester tiene de grande como unas seis manzanas y la diversidad es algo que parece sacado de la realidad. Recuerdo que mi cara describía todo el asombro al ver los detalles que decoraban ese pedazo del mundo. Un DJ transformista, gente con poca ropa, mujeres y hombres, todos dejando pequeñas huellas de ADN a través del estímulo más sencillo y significativo de todos: un beso. Puedo decir que mi tolerancia cambió en niveles estratosféricos.

Pasó el tiempo y conocer lugares, sabores, gente de cualquier rincón del mundo se  volvía un recuerdo guardado con llave en algún lado del cerebro. Era demasiado curioso para mí cada vez que me decían “tú bailas mucho”. A lo largo de mi vida, confieso que, el baile no ha sido mi fuerte, pero luego de unos tragos brota en mí un alma caribeña que disfruta el baile.

Tal vez “en tierra de ciegos el tuerto es rey”. La cosa llegó a tal punto que me pedían que les diera clases. Claramente me negué, hubiera sido una estafa, como un render, algo que nunca va a pasar y solo queda bien en las maquetas. Pero también entendí que yo era un “producto exótico”, alguien de la lejana Suramérica, donde el baile hace parte de nosotros. Y entendí que el mundo que yo tenía les podía dejar a todos los amigos que conocí alguna experiencia o enseñanza.

Volvamos a un tema que me apasiona: La música. Siempre llamó mi atención la curiosidad de los ingleses por conocer. Muchas veces les escuché decir que eso que llamamos “el sabor” no lo tienen, pero siempre están dispuestos a probar. En ocasiones me preguntaban sobre salsa, tal vez el ritmo latino por antonomasia. Esa curiosidad de los ingleses ha creado una sociedad altamente tolerante a la diferencia.

Y tal vez eso nos falta: Ser más curiosos, preguntar, tratar de entender y luego de todo eso, tomar una decisión; asumir un gusto o dejar vivir en paz a quien disfrute algo que uno ve insípido. Pero como todo, Colombia inicia al revés.

A lo largo de mi vida muchas veces he escuchado “me cae mal”. Cuando pregunto: “¿Qué le hizo?”,  “Nada, pero es todo mal mirado”. Y claro, nace un odio sin sentido porque preferimos la distancia a la curiosidad de aprender o conocer de alguien. Si alguien quiere acabar con su vida, simplemente debe dedicarse a gastarla en odios y se irán del mundo con muchos problemas y pocas millas conocidas.

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