Al principio, para una persona tan habladora como yo, fue difícil aprender a redactar una idea en tan solo 140 caracteres, pero poco a poco fui aprendiendo a hacerlo. Ahora me ocurre todo lo contrario: mi neurona se detiene en el carácter 141.

Por: @CamiNogales

@caminogalesCuando creé mi cuenta en Twitter lo hice solo con la expectativa de conocer una nueva red social y chismear lo que hacían los famosos. Poco a poco empecé a descubrir el encanto de hablarle al pajarito y no de que el pajarito me hablara a mí -como le ocurrió a un vecino de otro país-, y me volví cada día más activa en la red.

Al principio, para una persona tan habladora como yo, fue difícil aprender a redactar una idea en tan solo 140 caracteres, pero poco a poco fui aprendiendo a hacerlo. Ahora me ocurre todo lo contrario: mi neurona se detiene en el carácter 141.

En época preelectoral y de debates presidenciales, dediqué toda mi genialidad a publicar trinos, haciendo mofa de una candidata en especial que se convirtió en mi musa. Sin embargo, me vi obligada a borrarlos cuando me pidieron la hoja de vida para trabajar con ella porque en ese preciso momento estaba desempleada.

En mi cuenta personal me da la misma equivocarme o no porque soy yo la que está detrás de ella: un ser humano de carne y hueso. Sin embargo, la responsabilidad crece en el momento en que uno acepta trinar a nombre de otro y, peor aún, si se trata de una figura pública. El día que me vi involucrada en este trabajo, Twitter comenzó a perder su encanto.

Una de las desventajas de trabajar en esta vaina es que todos se creen “expertos en redes sociales” y, por lo tanto, opinan y dan órdenes a la vez: “Suba esta foto. Escriba esto. Siga a este…”, pero el único responsable de lo que se publica es el Community Manager, así que muchas veces, por hacer caso a los demás, empezamos a padecer.

Los accidentes ocurren tarde o temprano. Para poder ser más eficiente, se me ocurrió la genialidad de configurar la cuenta de mi jefe y la mía en una misma aplicación y un sábado en la noche, trinando un asunto personal, tuve la desgracia de publicar en su cuenta.

Me di cuenta y borré el trino al instante, pero uno de los tantos ‘gurús’ que me acompañaban, tomó un pantallazo y lo subió a un chat de trabajo para preguntarme, públicamente, qué había ocurrido. A mí, literalmente, se me salió el corazón y no sabía cómo explicarlo, mientras cada uno de los integrantes del grupo me caía encima.

No tuve alternativa diferente a reconocer mi equivocación y anunciar que ya estaba configurando cada cuenta en una aplicación diferente. Eso sí, me tocó tomarme una agüita de valeriana para poder conciliar el sueño después de tremendo susto.

El acabose llegó el día en el que triné una frase supuestamente textual que el personaje había expresado en un medio de comunicación. Yo, una obsesiva de la ortografía y de la puntuación, solo me fijé en la redacción de la misma y no en su contenido.

Así las cosas, no tuve un solo error ortográfico, pero sí uno geográfico: confundí una ciudad con un país. Solo percibí el error después de ser víctima de aquellas cuentas falsas que se dedican a hacer, como se dice ahora, ‘bullying’ en la red, más conocidos como ‘trolles’. Para resolver el error borré dicho trino, pero era demasiado tarde. Ya había infinidad de memes retomando dicha frase y obviamente tildando de bruto a mi personaje –el jefe–, pero el bruto no fue él, sino yo.

Me fui para mi casa  porque creí que huyendo de la oficina solucionaría el problema, el cual crecía en mi celular con una infinidad de notificaciones recibidas por minuto. Esa noche lloré más que en mi última tusa, no quería volver a la oficina, ni salir de mi casa.

Al día siguiente llegué a la oficina y mis compañeros me saludaban con cara de solidaridad, pero mi sexto sentido me permitió saber que, en el fondo, decían “mucha bruta esta vieja. Pobrecita”, con cierto tono de burla. La ola de insultos en la red duró muchos días más, hasta que no tuve opción diferente a darle la cara a mi jefe, cuyo llamado de atención tan decente me hizo sentir peor.

Hubiera preferido que me nombrara a mi querida madrecita, con el perdón de la susodicha, porque tanta decencia me desarmó. A pesar de los pesares, la vida me ha llevado a seguir este camino y este es un solo ejemplo de los miles que pasan a diario, no solo a mí, sino a quienes están a cargo de cuentas institucionales o de personajes públicos.

Mi consuelo son quienes han subido una ‘selfie’ por error en esas cuentas, o han enviado mensajes personales y románticos a través de las mismas. En fin, hay miles de casos similares que han ocurrido porque somos seres humanos los que estamos detrás, trabajando bajo presión, y no máquinas programadas. Eso es lo que pocos han entendido.

Por eso entre más trino, no siempre se cumple con la premisa de que más me arrimo, ni me animo, sino que, a veces, más la cago.

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