Cuando uno llamaba a alguien y no estaba en la casa, nada pasaba. No era fácil constatar que el personaje estaba detrás de quien contestaba haciendo señas de “no quiero hablar”.

Por: @CamiNogales

@caminogalesDesde que tengo uso de razón el único medio de comunicación que estaba a mi alcance era el teléfono fijo, de disco. Cuando empecé a hablar por este aparato color verde solo podía hacerlo desde la silla contigua a la mesa en donde estaba conectado. Eso sí, sin derecho a moverme porque el cable no alcanzaba, lo cual me impedía llevar a cabo dos actividades al mismo tiempo.

Una tarde al llegar del jardín infantil estaba que me orinaba, pero cada vez que llegaba a casa lo primero que hacía era llamar a mi papá, así que lo llamé y, simultáneamente, me oriné en la silla. Si hoy fuera ayer, esto no me habría pasado porque podría llamarlo desde mi celular o un inalámbrico desde el baño.

Como este era el único medio de comunicación, cuando uno llamaba a alguien y no estaba en la casa, nada pasaba. Había que llamar hasta tener la fortuna de encontrar a la persona y si esta no quería responder, simplemente se hacía negar. No era fácil constatar que el personaje estaba detrás de quien contestaba haciendo señas de “no quiero hablar”. Así que de malas.

Hasta podíamos fingir la voz y pasar una tarde en la casa de algún amigo haciendo ‘pegas’, aunque la particularidad de mi voz hacía que hasta el más bobo me pillara. Ahora eso no es posible, no hay forma de escondérsele a la humanidad. Con el celular, su identificador de llamadas y el chat de Whatsapp, incluidos los chulitos azules (doble check), “nos jodimos”. La única salida es llamar desde otro número celular para pasar de incógnito.

La otra noche, muy a las 11:00, recibí una llamada de trabajo, la cual no quise responder porque la consideré una falta de respeto, además no era nada tan urgente así que podía esperar al día siguiente. Este personaje llamó cinco veces seguidas, sin éxito, y entonces me envió un mensaje por chat. Como ‘la curiosidad mató al gato’, no aguanté y leí el mensaje, el cual no iba a responder. Lo hice sin que nadie me oyera, pero como no es cuestión de bajo o alto volumen, el querido personaje me escribió inmediatamente: “sé que me estás leyendo, respóndeme por favor” y yo, por pendeja, no tuve otra opción diferente que responder un asunto de trabajo a una hora en la que, por lo general, ya estoy en mi quinto sueño.

Enfermarse y faltar al colegio era lo máximo, no se imaginan la felicidad que me daba amanecer con fiebre, gripa o cualquier enfermedad que me incapacitara. Este era un día dedicado a cuidar y dormir mi enfermedad, ver ‘Topacio’, ‘Decisiones’ y no sé qué más en la televisión. En la tarde llamaba a alguna amiga para que me desatrasara de lo sucedido en el día. Si mi traga había ido, me había preguntado, qué había dicho de mi… en fin, lo realmente importante.

Ahora enfermarse no es garantía de descanso y desconexión. Las facilidades que brinda la tecnología tienen también sus desventajas, ya que el mismo grupo de trabajo está conectado a través de un chat de Whatsapp o cualquier aplicación similar y como no es suficiente un solo grupo se crean hasta tres, cada uno con temas diferentes. Así las cosas, a pesar de la enfermedad, la vida sigue.

Como consecuencia de mi humanidad, hace poco me dio gastroenteritis viral y una lesión en la zona lumbar, que me impidió asistir a la oficina. Lo que no quiere decir que me pude desligar de mis responsabilidades; todo lo contrario, mis compañeras de trabajo me cubrieron físicamente, pero virtualmente yo tenía que seguir cumpliendo con mi deber.

Fue un día más estresante de lo normal. Después de pasar una noche en vela, “devolviendo atenciones”, intentaba dormir cinco minutos, pero el silbidito del celular no solo me despertaba, sino que me alertaba de que no tenía derecho a sentirme mal y debía cumplir con mis funciones. Desde entonces, si me enfermo, prefiero estar en la oficina porque la cara del santo hace el milagro y joden menos que estando en mi casa.

Hay días en que quisiéramos saber del mundo, pero evitar que el mundo sepa de nosotros. En ocasiones nos convertimos en “seres pasivos de la red”, pero no falta el que reclama porque no respondimos un chat, argumentando nuestra última hora de conexión, entre otras. No niego que la tecnología nos ha facilitado mucho la vida, pero también aseguro que nos ha esclavizado y que a veces añoro aquellos días del teléfono fijo, los tres canales de televisión, las agendas telefónicas escritas a mano, entre otros.

Si hoy fuera ayer, llamaríamos por teléfono para conversar, almorzaríamos mirando a la cara a nuestro(s) interlocutor(es), enviaríamos cartas por correspondencia, tomaríamos fotografías, esperando con ansias revelar el rollo y trabajaríamos solo en horario laboral.

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